Tomorrowland (2015)

Hay una gran diferencia entre ser profundo y pretencioso, que es lo que pasa con Tomorrowland. Como muchas otras películas que intentan dirimir la crudeza de la depredación social y la oscuridad de la psique humana… eso, que no puedes pretender ser entretenido, profundo y enigmático sin terminar echando a la gente de la sala.

Tomorrowland tiene tres grandes partes: una primera en la que no se introducen los personajes y no se explica nada, bastante aburrida; una segunda en la que no se dice lo que pasa y no entendemos a dónde van esos personajes que no hemos terminado de conocer, también bastante aburrida; y una tercera en la que débilmente encajan algunas piezas y tenemos un final feliz en el que se reivindica la creatividad y el espíritu libre del ser humano, que tiene un pase, pero que podía haberse contado en menos tiempo, con más efectividad y de una forma mucho más entretenida.

Hay mucha gente que se extraña de que este truño lo haya dirigido Brad Bird, del que tenemos un excelente recuerdo por El Gigante de Hierro, que para mí es una de las historias de fantasía más bonitas para todos los públicos. Pero incluso aquella perlita acusaba un estilo a veces rebuscado y excesivamente lento del director, al que se le da muy bien algo complicadísimo, como es contar emociones, pero se le da fatal algo que no lo es tanto, que es mantener el interés durante la película. Porque en Tomorrowland, como en El Gigante de Hierro, al final estás tentado de soltar una lagrimita. Y ese mérito hay que reconocérselo; pero es que para llegar ahí hay que atravesar un desierto de aburrimiento y desconcierto.

La película desarrolla y estira un concepto original del propio Walt Disney, que desarrolló en el parque EPCOT de Florida entre los años 60 y 80 del siglo pasado: una ciudad del futuro en la que la armonía debía reinar por encima de todo y la creatividad era el motor que la hacía avanzar. De hecho, el nombre es el acrónimo de Experimental Prototype Community of Tomorrow. Si ves los diseños de EPCOT, comprenderás por qué los chavales de aquella época crecimos con la boca abierta hacia el futuro, porque aquel sitio era (y es) a-lu-ci-nan-te. Es uno de los parques de atracciones más grande de Disney y uno de los más populares del mundo, con más de 12 millones de visitantes en 2017.

Pero un parque de atracciones no es una película, y el vacío de la historia es terrible, porque se basa en la premisa de que una adolescente, cuyo mayor talento es gritar y quedarse con la boca abierta mirando a su alrededor, es la clave para salvar el futuro. Un defecto que comparte con otras muchas películas, como la primera de Las Crónicas de Narnia.

Pasa por ahí George Clooney haciendo de ermitaño sin afeitar y muy deprimido, que guía a la joven con talento, y Hugh Laurie que se supone que es el malo malísimo, pero que tiene un sentido de la ética mejor que el de los que se suponen que son los buenos. Quizás lo mejor de la película, junto a la niña que hace de androide interpretada por Raffey Cassidy, que consigue que infancia e ingenuidad no sean sinónimo de vergüenza ajena.

La anécdota simpática: que el punto de destino para contemplar el fin del mundo sea la Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia de Santiago Calatrava, famoso porque se le caigan puentes y edificios. Uno duda si los de producción eligieron la localización por el diseño futurista o porque no tenían que gastarse un euro en acondicionarlo para que pareciese en mal estado.

Si quieres verla, allá tu. Yo no te lo sugiero más que como curiosidad.

Trailer:

4

Premisa

3.0/10

Guión

2.0/10

Interpretación

6.0/10

Producción

8.0/10

Factor "volvería a verla"

1.0/10

Pros

  • El malo, que tiene más ética que los buenos
  • La niña robot, más humana que los humanos
  • La ciudad del futuro, que lleva EPCOT a un nuevo nivel

Cons

  • La protagonista, que se pasa la película gritando
  • George Clooney, que se pasa la película deprimido
  • El guión, que te hace pasar la película desorientado