El declive de las estrellas de cine, especialmente cuando gozan del cariño del público, es un tema que pocas veces se toca. Normalmente son historias tristes, aunque se pueden tratar con una delicadeza absoluta, como el caso de esta película.
Sinopsis
Stan Laurel (Steve Coogan) y Oliver Hardy (John C. Reilly), son dos actores cómicos que se encuentran en la cima del éxito a mediados de los años 30 del S.XX, al tiempo que empezaban a sonar tambores de guerra en Europa. Convencido de que su trabajo no está bien compensado en el acuerdo económico que tienen con su productora, Stan intenta convencer a Oliver de que se establezcan por su cuenta, pero éste prefiere la seguridad del contrato y se niega, lo que provoca la separación artística de la pareja.
Quince años después, en 1953, muchas cosas han pasado: la guerra terminó hace tiempo, el cine realizó su transición al color desde el blanco y negro, igual que antes pasara con el sonido desde el cine mudo, y Stan y Oliver (El Gordo y El Flaco, como se les conoce en muchos países de habla hispana) volvieron a unir sus caminos profesionales en algún momento. El problema es que los chistes, bromas y humor físico que les sirvió para tener éxito en los años 30 ya no tiene el mismo impacto y se enfrentan al declive profesional.
Para intentar reavivar sus carreras, aceptan participar en una gira teatral por Gran Bretaña, en la que se supone que podrán reencontrar la aceptación del público que recuerda sus películas. Pero la gira empieza mal, con poca asistencia de público, a lo que sigue una sucesión de enfrentamientos, rencores revividos y problemas con la financiación de una supuesta nueva película.
Comentario
Recuerdo que, cuando era niño, me gustaban las películas de El Gordo y El Flaco, como me gustaba las de Bud Spencer y Terence Hill, las aventuras de Mortadelo y Filemón o los dibujos animados de Buggs Bunny. Son todas ellas manifestaciones de un género, el slapstick, «comedia física» o «humor de tortazos», un tipo de humor basado en la paradoja de unos incidentes exageradamente violentos, pero sin ninguna consecuencia física. A Mortadelo y FIlemón les puede caer encima un piano o reventar la típica bomba con mecha y forma de pelota negra y no pasa nada. En la siguiente viñeta se han sacudido el polvo y vuelven a estar impecablemente vestidos.
Este tipo de humor fue un ingrediente vital en los primeros tiempos del cine, ya que el lenguaje de la comedia física era fácil de entender a pesar de la falta de sonido en las películas. Ver que Charlot recibe un par de tortazos de un gigante, se tambalea, da dos vueltas por la escena y se recupera a tiempo de devolverle «el favor» con una patada en el trasero, tiene su gracia, porque nos permite suavizar el impacto que esas cosas tienen en la vida real. Charlot no fallece de sus heridas tras recibir la paliza de un abusón, sino que se recupera y le devuelve el golpe, ganando contra todo pronóstico.
El problema es que, igual que muchos actores no superaron la transición del cine mudo al cine sonoro, otros muchos tampoco consiguieron adaptarse a historias que requerían algo más que una sucesión de chistes visuales basados en los mamporros que recibían.
Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, fue una de esas parejas que llevó mal todo. Llevó mal el sistema de producción de los primeros estudios, que tenían a los actores en nómina y les pagaban una miseria, sin participación en los beneficios de los éxitos que generaban. Llevó mal las tensiones internas, con diversos altibajos en los que la suspicacia y algunos desencuentros profesionales les separaron durante un tiempo. Y llevaron mal el paso del tiempo. No pudieron, no supieron o no tuvieron la posibilidad de retirarse a tiempo, y cuando quisieron hacerlo ya habían perdido por completo el favor del público, que había dejado de ver ninguna gracia en las películas de dos ancianos abusando mutuamente el uno del otro.
Demasiado larga, para tener sólo 98 minutos
Todo esto es lo que intenta reflejar la película de Jon S. Baird, un director casi descocido que sólo ha hecho cuatro películas en quince años. Ninguna de ellas muy conocida por el público y ninguna de ellas un éxito de taquilla, por cualquier métrica que se mida. No es que sea un mal director, es que escoge los proyectos de una forma muy extraña, como si buscara a propósito aquellas producciones que pueden quedar más escondidas en el catálogo de cualquier sala de cine.
Stan & Ollie sólo tiene 98 minutos de metraje, de forma que si quitamos los créditos del final y un par de minutos de títulos al principio, nos debería quedar menos de hora y media. ¿Verdad? Una película ágil y fácil de ver. ¿Verdad? Pues no. Stan & Ollie es larga. Muy larga. Mucho más que Los Diez Mandamientos, con sus 231 minutos, o Lo que El Viento se Llevó con sus 238 minutos. Parece mentira cómo una película tan corta puede hacer taannnnn pesada, taannnn lenta y taannnn dispersa.
Insisto en que no es que haya nada malo. Las actuaciones de los dos protagonistas son muy decentes, aunque me inclino por destacar más la de Steve Coogan como Stan Lauren que la de John C. Reilly como Oliver Hardy. Coogan, con la única ayuda de un sombrero, desaparece de la pantalla para dar vida al cómico británico, mientras que Reilly, con kilos y kilos de maquillaje y prótesis, no consigue desaparecer de la pantalla en ningún momento. Los secundarios por su parte son invisibles por completo. Al poco tiempo de ver la película se te han olvidado todos.
La película gozó de muy buenas críticas y no perdió demasiado dinero en taquilla. Dudo que ganase algo, aunque puede que consiguiera recuperar la inversión. ¿Merece la pena verla? Si. Si te gusta el cine, su historia y un buen trabajo de producción, es una historia muy decente. A mí me pareció un poco anodina, pero posiblemente vuelva a verla en un tiempo.
Stan & Oliver consiguieron terminar sus días en paz. Dejaron unas cuantas risas en este mundo y nunca se les pudo imputar ningún gran escándalo. Es una buena historia, aunque quizás se podría haber contado de una forma más efectiva.